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Algo acerca del ego

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Algo acerca del ego

Ya es un gran paso ver, reconocer y admitir que algunas veces hay dentro de nosotros algo (ego) que quiere drama o guerra, que no quiere oír ni hablar de perdón, de paz o de amor, sobre todo, cuando andamos por las sendas del crecimiento personal o la espiritualidad, bajo la forma que sea.

 

Es habitual que intercambiemos nuestras viejas ideas por los altísimos conceptos de maestros, cursos o libros. Pero las palabras son solo palabras, y las ideas pueden convertirse en servidoras del ego. Entonces, parece que hay que mostrarse ante los demás como un iluminado o un santo. Y este no es más que el mismo ego de siempre, que, en vez de ir de simpático, poderoso o metrosexual, se pone el disfraz de espiritual.

 

Sucede lo mismo cuando adoptamos el papel contrario, es decir, el de una calamidad renqueante llena de problemas muy difíciles de superar, ya sea hablándolo o diciéndolo internamente. O bien cuando nos repetimos continuamente que nos han hecho tanto daño que superar el pasado es casi imposible. En estos casos, no queremos reconocer que el problema está dentro de uno mismo y proyectamos hacia fuera culpando el entorno.

 

Todo está dentro de mí, porque yo soy el sujeto último de todas las experiencias que vivo. El observador que está más allá de la mente. El que contiene al yo y también a lo que no creo ser yo. El que siente el cuerpo, el que ve otros cuerpos, el que percibe todas las cosas y todos los mundos. Y no hay otro viviendo mi vida más que yo. Todo lo que experimento lo hago a través de mi mente, y todo lo que puedo ver y sentir soy solo yo quien lo veo y siento.

 

La inteligencia nos dice que a través de otras personas también hay esa capacidad de percepción, una conciencia, un ser, lo cual es algo maravilloso, porque los reconozco como mis semejantes. Son como yo, hermanos, hijos de un mismo padre. Somos de la misma naturaleza, somos lo mismo. Pero, igualmente, la inteligencia de la vida nos dice que cada foco de conciencia expresará su potencial de una forma, es decir, soñará su propio sueño.

 

Usemos otro enfoque. Para ello, me serviré de un ejemplo: una canción. Para algunos, puede ser la canción de su vida. Para otros, puede resultar algo insoportable. Y de un extremo al otro, hay muchos grados. Cada persona que la escuche la percibirá de una manera diferente y le gustará o no en mayor o menor grado, incluso la percibirán de forma distinta dos personas para las cuales sea su canción favorita. Cada una de ellas vivirá esa belleza de forma diferente y en un grado distinto. Cada una lo hará en función de sus canales de percepción, de su mente.

 

Puede suceder lo mismo respecto a un hecho aparentemente malo de por sí, como, por ejemplo, robar un banco. Para una inmensa mayoría de la gente, será una acción reprobable, condenable. No obstante, para algunos podrá ser más comprensible; para otros, más inaceptable; para otros, no bastaría ni la pena capital para castigarlo, y para el ladrón, sin embargo, es algo positivo, pues era lo que él quería, y si le ha salido bien, su patrimonio habrá aumentado.

 

El robo de un banco o una canción son lo que son, pero cada uno los vive de una manera distinta. Conviene comprender este hecho, porque creer que las cosas son como uno las ve trae desagradables sorpresas. Y siempre se puede cambiar la forma de ver las cosas. Si nos damos cuenta, todo cambia incluso en nosotros mismos. Una misma persona puede variar sus gustos en el transcurso del tiempo. En mi adolescencia, por ejemplo, me encantaban unas canciones que ahora solo escucharía si me pagaran.

Yo soy el foco de conciencia que percibe absolutamente todo lo que puedo llegar a ver y a sentir. La mente, mi mente, que también es algo en mí, configura la realidad relativa que vivo. Y puedo y debo hacerme con sus riendas. Debo tomar responsabilidad de cómo veo el mundo. No soy víctima de nada ni de nadie. Respecto a todo lo que me hacen, soy yo mismo quien en realidad me lo hago. Todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy. Míralo de corazón, pues no podría ser de otra manera. Puedes creer que es de otra forma, pero eso únicamente traerá enfado, porque creerás ser una víctima de la vida, de los demás o de Dios. Y no es así. En absoluto.

 

Así pues, si realmente comienzo a vislumbrar este hecho, debo hacerme responsable y empezar a no culpar a nadie. Ni tampoco a mí mismo. Yo no tengo ninguna culpa de nada. Las cosas han funcionado como lo han hecho, y cada uno ha hecho lo que ha podido en función de sus circunstancias. Y si el mundo parece que no puede estar peor, puede que esta sea la mejor noticia, pues no hay mayor estímulo que el sufrimiento para despertar.

 

En este sentido, hay que ser honesto con uno mismo y no engañarse. En primer lugar, es necesario ver, reconocer y admitir lo que hay en mí. Lo que vivo realmente en mí. Y la consecuencia inevitable es una petición de ayuda que, por ser profunda y sincera, llega con toda seguridad, aunque a veces no venga de la manera que uno cree o le gustaría.

 

Cuando veo ego en mí, no pasa nada. Es normal y hay que aceptarlo. De esta forma, el ego no va a desaparecer para siempre, pero sí puede ser cada vez más tolerable. Sí puede dejar de ser molesto.

Muchas veces actúa el ego en mí. Basta una situación, real o imaginada, en la que el personaje que creo ser se ve infravalorado o despreciado, para que se enciendan las alarmas. Entonces, una energía recorre mi cuerpo, me invaden una ofuscación y muchas emociones, como el miedo, que alimenta aún más la ira.

 

Puede que no lo note siempre, pero parece haber en mí algo que necesita estar desafiante, al acecho, dispuesto siempre a juzgar y a condenar, a defenderse y atacar. Algo que no permite más que unas determinadas treguas, unos períodos de paz más o menos cortos. El ego es eso, como si se tratara de una industria armamentística, que tiene su razón de ser en que haya guerra y en la ilusoria protección de uno mismo. Hay que ver y experimentar que lo que soy no necesita ninguna protección. Es necesario darse cuenta de que no tiene ningún sentido no querer la felicidad.

 

El personaje que creo ser, el ego, siempre quiere salir victorioso y estos son sus procedimientos. Salir victorioso puede significar: quedar como triunfador («yo tengo razón»), como superior («yo soy más que…»), como víctima («pobrecito de mí», «¡ay, lo que me han hecho!»), como más inteligente, mejor, más bueno o, incluso, peor. El caso es ser más lo que sea. Por no mencionar su necesidad de acaparar, de tener más, de adquirir cada vez más cosas que le garanticen su importancia y su seguridad.

 

Yo te siento como un igual, así que es posible que hayas vivido cosas parecidas. Son ejemplos de lo que ha sucedido y sucede en mí, y me gusta compartirlos. Desde la profundidad de la sinceridad, comunicarlos es algo hermoso. Tú y yo no debemos de tener historias tan distintas. Creo que solo cambiarían en el aspecto superficial. Soy tu compañero de viaje. En el fondo, soy tu igual. Por eso, me gusta comunicarme contigo. Me gusta contarte cómo veo el mundo. Y me gusta que me cuentes cómo lo ves tú.

 

Namaste, amigo.

 

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